Desde Septiembre del 2013 a Julio del 2015 trabajé como profesora en la Fundación Síndrome de Down de Madrid. Hace ya un tiempo que no trabajo allí, y echo de menos a mis alumnos. Percibo que todo este tiempo ha sido necesario para digerir e integrar todo lo que aprendí allí.

Echo de menos las ganas de aprender de muchos de ellos. La juerga que tenían otros siempre en el cuerpo, con ganas de divertirse, la personalidad especial de cada uno y la enorme CAPACIDAD de todos. Echo de menos el ejercicio interno que resultaba para mi “ser creativa y estructurada” al mismo tiempo, buscar una forma de enseñar habilidades lingüísticas, inglés y refuerzo de las materias ( para los alumnos que estudiaban un curso en la universidad) que fuesen interesantes y beneficiosas para ellos. Resultó que siempre acabo siéndolo para mi también.

Como dice una canción de Phill Collins: “Aprende a enseñar y enseñando, aprenderás”. La satisfacción que me llevaba a casa, no se ha vuelto a repetir, y no es que no me sienta satisfecha con los avances de mis pacientes, porque me siento profundamente orgullosa de cada uno de mis pacientes.

Chico por Sergio Joao Centeno. www.artedown.com

Chico por Sergio Joao Centeno. www.artedown.com

La satisfacción de trabajar con mis ex alumnos requería un esfuerzo y una fe especial.

Los resultados eran muchas veces sutiles y fugaces y sin embargo su huella se iba sumando. Me ocurrió varias veces desesperarme y pensar “un caso perdido”. Al poco tiempo ese alumno me demostraba que aquella desesperación estaba equivocada.

Trabajar con personas con discapacidad intelectual… y con personas de todo tipo, era frustrante, agotador, me cansaba y desesperaba, pero nunca me pude rendir, porque mis alumnos no me dejaron. Ahí estaban, mostrándome que podía seguir creyendo en ellos, en mi, en la humanidad…

Manzanas por Begoña Urtasun. www.artedown.com

Manzanas por Begoña Urtasun. www.artedown.com

Como con cualquier profesión en la que se trabaje directamente con personas, no hay recetas iguales para dos individuos. No había manera igual de enseñar a dos alumnos de la misma forma. Cada uno, vivía sus fortalezas y debilidades mezcladas con su carácter, y en el aula, esto siempre se ponía de manifiesto. Pude observar cómo las emociones de cada uno jugaban su papel constantemente y cómo, por lo menos en mi manera de enseñar, no funcionaba ignorar o intentar aplacar dichas emociones. Aquí es donde desarrollé mi paciencia y gran parte de mi “ saber acompañar” que a día de hoy sigo practicando con mis pacientes. No siempre era fácil ni fluido, cuando se trataba de acompañar a un alumno en su “crisis” y había otros 15 esperando a seguir con la clase, reclamando atención. Gracias a ellos he obtenido una habilidad para gestionar situaciones intensas y complicadas que requieren resiliencia y una gran aceptación de que no todo puede estar bajo mi control.

Para cada alumno, una receta diferente. Varios ingredientes comunes cuyas cantidades y manera de mezclar eran muy diferentes:

Paciencia, cariño, escucha empática, estructura flexible y recursos creativos internos. Estos son comunes para enseñar a personas con discapacidad intelectual … y a todo el mundo. Después de dos años creo haber conseguido para mi bagaje de habilidades y recursos propios, esta manera de enseñar.

Para mi llegó un punto en el que hablar de personas con discapacidad intelectual, era como hablar de personas que hacen deporte, personas con ojos azules, personas con gafas. Simplemente es una característica más que enriquece con su diferencia. De hecho, el mayor aprendizaje que yo me llevé a mi casa cuando deje de trabajar en la fundación, fue que “discapacidad intelectual” es sinónimo de “capacidad diferente”.

En los dos años que pasé allí nunca observé una falta de capacidad, sino una forma de entender el mundo diferente. Incluso el alumno cuya atención y concentración sostenida era mínima, se enteraba de lo que sucedía a su alrededor, porque así como su concentración no era su punto fuerte, su intuición era increíblemente aguda. ¡Que importante es confiar en nuestra intuición! Y esto se lo atribuyo directamente a mis alumnos. Esta es otra de las enseñanzas más enriquecedoras que me llevo a casa.

Tanto como profesora como psicoterapeuta (estoy segura de que otras miles de profesiones en las que se trabaje con seres humanos) la recompensa, el aprendizaje es inevitablemente reciproco y eso me ha hecho sentir y me hace sentir que tengo y he tenido la mejor profesión del mundo. Somos profesionales que trabajamos en “atención directa” y me gusta esa denominación del tipo de trabajo que hacemos porque sin duda alguna, requiere nuestra atención directa sobre las personas con quienes trabajamos.

En conclusión trabajar con personas con discapacidad intelectual me ha permitido empezar a desarrollar el impulso, aguante, paciencia, estructura y cariño. Ingredientes que pongo a disposición a día de hoy como psicoterapeuta para mis pacientes.

¡Gracias Chicos, queridos alumnos!

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